ADAL EL HIPPIE VIEJO
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HISTÓRICO -Octubre 2011-: con Cristina vamos por el tercer gobierno peronista consecutivo.

19 dic. 2011

CAÍDA DE DE LA RUA: CONMOVEDORA HISTORIA DE DOS HOMBRES QUE SOBREVIVIERON A LA SALVAJE REPRESIÓN QUE TANTOS MUERTOS CAUSÓ EN EL 2001

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El día que “el Toba” y Martín sellaron su amistad en el medio de las balas.

El 20 de diciembre de 2001, la masacre los encontró a pocos metros del Obelisco. No se conocían. El joven recibió un tiro en la cabeza. Héctor García, 22 años más grande, lo salvó de tres infartos, lo cubrió de otros disparos y le salvó la vida.




Martín Galli y Héctor García se conocieron hace diez años de una manera absurda.

Martín tenía 26, el pelo largo y con trenzas. Héctor, “el Toba”, el pelo negro con un mechón blanco que delataba sus 48. Martín había viajado desde Haedo hacia el centro porteño impulsado por la rabia. El Toba, había caminado de Congreso hasta el Obelisco con una mochila en la espalda cargada de libros, empujado por una certeza breve: que tenía que estar ahí. Y a las siete con veintiún minutos de la tarde, ese 20 de diciembre, sobre la Avenida 9 de Julio, los dos quedaron atrapados en la misma escena. Nueve hombres bajaron de tres autos. Dispararon para todos lados. Martín cayó al suelo. Una bala le entró por la zona trasera izquierda de la cabeza y se detuvo en la zona frontal derecha. Tenía los ojos cerrados. Un hilo de baba grueso y largo extendido entre la boca y el pecho. El Toba se puso en cuclillas, le inclinó la cabeza, trató de reanimarlo. Un patrullero llegó y varios hombres bajaron y volvieron a disparar, esta vez con balas de goma. Los libros de el Toba amortiguaron el impacto. El Toba le tomó a Martín el pulso. Le hizo respiración. Lo sacó de un infarto. Paró un auto. En el viaje al Hospital Argerich, lo salvó de otro paro cardíaco con una piña en el corazón. Los médicos lo terminaron de resucitar. La bala, sin embargo, por las dudas, desde entonces, se quedó donde estaba.



EL EMPATE. –Cuando yo lo vi a este tipo en el piso, no sé cómo, porque no se parece en nada y yo no soy creyente, pero pensé que era Jesucristo: con las rastas, la barba, tirado. Era Jesucristo–repite ahora, tanto tiempo después, el Toba, en su casa en Ezeiza, después de una abrazote con Martín, que lo mira y lo escucha: y revive.

La segunda que vez que se vieron, Martín ya estaba en la casa de sus padres en San Justo. Tenía la cabeza rapada y vendada. Estaba en una silla de ruedas, boleado. No podía hablar. Balbuceaba. Lo único el Toba le pudo decir fue:

–Para atrás ni para tomar impulso, dale para adelante.

Pero se siguieron viendo. Habían quedado unidos por ese rato de esa tarde crucial para los argentinos, esos minutos todavía más decisivos para ellos. Y, sin embargo, necesitaron un pacto para poder seguir así, hermanados.

–En una época discutíamos mucho. Porque para él, y más que nada para su familia, yo era el salvador. Y para mí eso era una carga. Me agradecían. Se ponían a llorar. Y un día nos fuimos a un bar. Y le dije: “Vamos a poner las cosas en claro. Hay en el aire una cosa como que vos y tu familia me deben algo. Y vos no tenés una idea lo que significa para mí haber podido hacer algo por vos. Yo cargo una culpa. La culpa de la década del setenta. Yo fui el que le dije a mi hermana, que tenía su vida arreglada, que venga a una reunión. Y hoy mi hermana no está. Y yo no pude hacer nada. Y así como mi hermana, mi cuñado, cientos de compañeros desaparecidos.” Y le propuse que nos pusiéramos de acuerdo: que el partido estaba empatado.

Martín aceptó. “Está bien, estamos empatados”, le dijo. Y, por un tiempo largo, viajó cada fin de semana del oeste a Ezeiza a pasar un rato con el Toba y su familia. Con el hombre que lo había salvado. El mismo al que él, sin darse cuenta, había ayudado a rescatar de sus pesadillas.



EL PASO DEL TIEMPO. Martín y el Toba anduvieron juntos de acá para allá. Contando su historia. Pidiendo justicia. Viéndose, primero dos por tres, después un poco más espaciado. En los primeros meses, juntos, trabajaron un tiempo con Miguel Bonasso en la construcción del Partido de la Revolución Democrática. Después, Martín se abocó a lo suyo: la música, la literatura, el empleo que le habían conseguido en una biblioteca de la Ciudad de Buenos Aires. Dejó la carrera de Historia, cansado de que le pregunten por la bala que todavía llevaba (y que aún lleva) en la cabeza. Se casó. Tuvo dos hijos. Empezó a cursar una carrera de bibliotecario. Escribió cuentos. Creció.

Al Toba las cosas se le dieron distintas. Dejó de enseñar en la escuela. Trabó una suerte de amistad con Néstor Kirchner. Nunca pensó en ser funcionario, aunque militó desde los 16 años. Hasta que alguien le dijo lo bueno que sería tocar la puerta y que del otro lado hubiera un compañero. Y se convirtió en secretario de Trabajo del municipio de Ezeiza (y en el hombre del presidente en el partido). Tuvo otra hija. Y también, hace no tanto, una enfermedad, que de un día para el otro le diagnosticaron, que lo llevó al quirófano y lo dejó 92 días sin comer, convertido en un esqueleto con vida. Ahora está mejor. El intendente de Ezeiza, pocos días atrás, lo mudó de despacho: lo acaba de nombrar asesor de su gobierno.

LA BRONCA. –Más de 30 argentinos murieron. Hay padres, hay hermanos, hay hijos que no tienen respuesta. Estamos hablando de diez años. Y todavía no se hizo el juicio oral. No aprendemos más. Y yo acuso y culpo a la justicia. Es una justicia dormida, parte del genocidio de siempre –dice el Toba.

–Es el poder que más oculto está. No le podés entrar por ningún lado. El juez de la causa, cuando toma la causa después de que Servini de Cubría la deja aduciendo estrés, dice el primer día que tiene elementos para procesar a De la Rúa. Y a los siete meses, lo desprocesa, no tiene prueba, nada –agrega Martín.

–A mí me mandaron al médico legista para que vea los tiros que me habían dado con los proyectiles de goma, un año y medio después. Y antes habíamos tenido la reconstrucción. Veinte cuadras a la redonda no había un solo policía. Estaba en manos de la policía. Estuvimos desde las nueve de la mañana hasta la una de la mañana. Y pasaban coches. Y en uno de esos coches estaba el tipo que me había tirado a mí. Quería salir de testigo.Cuando me disparó era subcomisario. Y ese día ya era comisario. Lo habían ascendido. Encima, al final, cuando leen el acta, nada de lo que habíamos dicho estaba –se encabrona el Toba.

–La presidenta dijo el otro día que la justicia tarda pero llega. Uno ya está entrenado. No le hace bien al país. La Justicia es justicia en la medida que sea pronta. Pero a pesar de esto hay un nuevo paradigma, una nueva forma de interpretar la realidad en el país. Yo tengo una actitud militante. Creo que este es un frente más que va a tener el gobierno–señala el Toba, que no duda en definirse orgulloso como parte de “la mierda oficialista” .

–Yo siempre abrigo esperanzas. Pero es increíble que hayan pasado diez años. Y la herida siempre va a estar. Uno la puede mitigar. Pero que te hayan querido asesinar es algo que no se supera. El aliciente para esa herida es la justicia. Que se resuelva. Yo no quiero pena de muerte. Quiero que en el tribunal las dos partes presenten sus pruebas y de ahí salga una sentencia. Eso es lo que estoy pidiendo –concluye Martín, cansado. Pero con reservas para seguir dando la pelea. Donde haga falta.


Un día le dije a Martín: “Hay en el aire una cosa como que vos y tu familia me deben algo. Y vos no tenés una idea lo que significa para mí haber podido hacer algo por vos. Yo cargo una culpa. La culpa de la década del setenta. Yo no pude hacer nada por mi hermana...” Héctor García, “el Toba”.
“Es increíble que hayan pasado diez años. La herida siempre va a estar. Que te hayan querido asesinar es algo que no se supera. El aliciente para esa herida es la justicia. Quiero que el tribunal dicte sentencia. Eso es lo que estoy pidiendo.” Martín Galli




Adal


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